Las consecuencias de no planificar un viaje

#RELATOPERSONAL

“Las consecuencias de no planificar”

Llegué a Concepción, VIII región del Biobío, Chile. El vuelo desde Santiago fue cortito, casi 1 hora aproximadamente. Apenas me bajé del avión fui al cajero automático porque en mi viaje anterior me había olvidado de sacar efectivo (y obvio aprendí la lección), Decidí irme directo a Lota, una ciudad que está a 40 km hacia el sur de Concepción y me antojé de hacer el recorrido en tren.

Hasta ese entonces, no había planificado absolutamente nada; locomoción, alojamiento, reservas, comida ¡nada! y sí más tarde viviría las consecuencias.

El aeropuerto de Concepción me encanta porque caminas 500 metros y llegas a una rotonda donde ya hay locomoción. No quise tomar transfer ni arrendar un auto por el mismo motivo; el aeropuerto y la ciudad permiten movilizarse de forma urbana y económica.

Caminé entonces hacia la rotonda y le pregunté a un señor que estaba ahí  “cómo llegar al terminal de trenes”, me indicó cual micro tomar y en ese mismo paradero inicié mi recorrido, anduve por menos de 500 pesos y me dejó en el mismísimo terminal de trenes (30 minutos aproximadamente de viaje) ¡Estupendo! Y la corona jamás se cae, siempre con actitud sin importar el medio de transporte. (algunos se niegan a subirse a una micro y está bien, es tema de cada uno)

Al llegar, compré la tarjeta para poder viajar, se llama “BioTren” y me costó algo así como $2.000 mil pesos y venía con carga. Tomé el tren que estaba por salir y la última parada era Coronel, así que avancé en esa dirección.

Una vez que llegué a Coronel (es la última estación, fin del recorrido en tren), le pregunté a una pareja que caminaba por ahí “cómo llegar a Lota”. Se miran y ella me responde: “¿con quién andai, andai sólo?” – con tono intrigante mientras subió y bajó su cabeza. – Me reí sutilmente y le respondí: “sí, ando solo, o sea conmigo” y solté una risa. – “ten cuidado, cuida bien tus cosas, Lota es medio peligroso, ¿conocí Lota?” – “no, primera vez que piso Coronel y primera vez que voy a Lota, ¿sabí cómo puedo llegar?” – “sí, toma esas micros”- mientras señalaba con su dedo y volvía a levantar y bajar su cabeza – “gracias” le dije y le pregunté “ah y saben dónde hay alojamiento, algún hostal, agradeceré referencias” – “mmm si dile al chofer que te deje por el parque de Lota, por ahí hay un par de hostales y ten cuidado enserio” – respondió él.

Wow qué onda las advertencias pensé y caminé hacia el paradero con mi mochila y mi maleta negra, esa que puedes llevar arriba en el avión, tamaño equipaje de mano.

Mientras esperaba la micro que ya se asomaba, venia un grupo de 10 mujeres, aparentemente salían de su trabajo, contentas, tirando tallas, venían riendo. Me ven solo en el paradero y ven que hago parar la micro que decía “Lota”- de pronto una de ellas gritó; “oh chiquillas me dieron unas ganas de irme pa Lota, puta que es rico Lota chiquillas, ta rico pa yá, chao me voy con él pa Lota…” y todo el grupo se reía a carcajadas mientras pasaban por mi espalda – La micro paró y me subí – no me molestó, sí fue incomodo porque era un grupo grande de chicas jajaja Yo entre riendo, medio desconcentrado, me subía a la micro, sacaba las monedas del bolsillo, la micro giraba y me afirmaba del fierro porque a mis espaldas la puerta seguía abierta. Le digo al chofer “señor, no soy de acá, porfa avíseme en el parque de Lota” mientras le pasaba los 400 pesos del pasaje. El viaje era corto y ya estaba oscureciendo.

Iba con google maps abierto, súper relajado a pesar de las advertencias que había recibido. De pronto me encuentro cerca del Parque Lota, estaba a un par de cuadras y de pronto, rápidamente la micro hace un giro y comienza a bajar y a bajar y veo que se aleja del parque. (¡Lota tiene cerros y yo no tenía idea que era una ciudad con cerros!) me paré y le digo al chofer “recuerde avisarme en el parque” – “oh chuta me pasé era allá arriba” – me dijo, mientras sacaba monedas y me las pasaba. “disculpe, me olvidé, pero tome, con estos $300 pesos usted toma un micro pa arriba y se baja ahí en el teatro” – “las recibí y le dije gracias”.

Hice un respiro hondo, sólo uno y no tuve tiempo de nada. Ya era de noche, bajó la temperatura y tenía en mi mente encontrar alojamiento rápido. Crucé la calle y tomé la micro de vuelta. Al subirme, un niño de 8 años estaba sentado al lado del chofer, acompañaba a su papá en el recorrido. El señor le dijo “hijo, pregúntele donde va y cobra” – “donde baja” – me preguntó el niño con una voz de inocencia que me estremeció el corazón. “Arribita no más, donde está el teatro” – respondí con tono más amable de lo habitual – “son 300 pesos”- me dijo mientras me recibía las monedas y miraba a su papá diciéndole con su mirada “ya me aprendí los precios” – su papá lo miró y le hizo un gesto de aprobación con su rostro y esbozó una sonrisa. Yo miraba lentamente esa escena con tanta historia detrás.

No me quise sentar, me fui de pie y la micro llegó en menos de 2 minutos. La subida era bien empinada. Al bajarme en el teatro, caminé en dirección al parque para encontrar el hostal. Había gente caminando, trotando, fumando marihuana, pololeando, de todo un poco, poca gente eso sí. Después de caminar varios minutos y dar varias vueltas ¡jamás encontré el hostal que buscaba! sin embargo el mapa me arrojaba otro alojamiento cerca. Caminé por un pasaje, había olor a humo, ese olor a calor de chimenea. Los perros me ladraban, hasta que encontré el segundo hostal y estaba todo apagado; “me estás webiando” pensé. Mientras anotaba el número en mi celular y apretaba el botón verde para llamar; “hola, mi nombre es Pablo y estoy afuera del hostal quiero una habitación individual ¿tienes?” – “hola, sabe justo la niña que atiende se fue hace unos minutos, pero espéreme la llamo altiro para que se devuelva, lo llamo enseguida”- me dijo muy amablemente. Mi teléfono suena, me dice “Don Pablo, sabe, que la niña se fue ya tomó la micro pa Coronel ella es de Coronel, no tengo como ayudarlo”.- fin de la conversación. Ya era completamente de noche, hacía frío y la aplicación del clima anunciaba lluvia dentro de poco. Mierda.

Volví a respirar hondo y me dije “¿no te gusta viajar, saber que se siente vivir experiencias nuevas, ya po, qué vas a hacer?… me decía mientras caminaba devolviéndome por el pasaje. Las ruedas de mi pequeña maleta sonaban y ya todos los perros ladraban hasta que uno chico saltó la reja de su casa y me empezó a seguir. Yo caminaba por el medio de la calle, no había ningún auto, solo casas a mi alrededor. El perro llegó a mis espaldas ladrándome, me doy vuelta y le digo; “¡¿enserio?! ando buscando alojamiento, es de noche, no te estoy haciendo nada y me ladrai” y el perro me miraba jajaja claro no dijo nada pero al menos no me siguió ladrando. Ok, seguí caminando de vuelta y me decidí ir por un café. En el camino me topé a una pareja de la mano, de unos 55 años aproximadamente. Me crucé de frente con ellos y me dicen  “hola ¿anda buscando alojamiento?”, mientras sonríen – “sí” y les conté mis 2 intentos fallidos. “Aquí en la esquina hay uno y lo otro sería en Lota bajo, ahí puede encontrar” (justo donde había llegado inicialmente, donde se pasó la micro, en ese momento pensé mmm quizá por eso se pasó la micro, era una señal…) ok gracias les dije, y seguí caminando.

Pasé a un hostal que estaba abierto ¡Yuju! Costaba $30.000 mil pesos la noche – ¿Enserio? ¿Tiene desayuno continental? ¡Es un hostal! Hasta en 25.000 mil me dejaban la noche. No quise aceptar, pero al menos ya tenía una opción segura. Me fui por un café y un pastel, pregunté a varias personas y nadie tenía referencias y por internet no encontraba nada. Esto es súper personal, pero les diré lo que hice. Entre que respiraba y me concientizaba de lo que pasaba, me empecé a preguntar cosas como ¿quieres seguir buscando? ¿Quieres pagar esos 25 mil por ese lugar? ¿Ya es noche, sientes peligro? ¿Qué quieres hacer ahora? ¿Cómo te sientes en este momento? ¿Cuánto quieres pagar? ¿hasta qué hora quieres buscar? Aun contra el reloj, decidí hacer una pausa y darme el tiempo para mí, de esta forma resolví las sensaciones del momento y me animé a continuar optimista. Vamos mierda.

Tomé otra micro hacia “Lota bajo”, decidido a encontrar alojamiento y no te miento, quería tirarme en la cama y tomar una cerveza o una copa de vino.

Al llegar a Lota bajo, busqué en mi teléfono nuevamente y apareció un hostal que ¡no había aparecido en otras búsquedas! Tenía buenas calificaciones y llamé de inmediato. Negocié el valor con el señor y me dejó en $15.000 mil pesos la noche. Fijamos un punto de encuentro.

Respiré y sentía vivo mi cuerpo, lleno de emociones y sensaciones, en medio de una ciudad desconocida, de noche, con frío, obligado a resolver y a ser optimista. No era el momento de putiar a nadie, ni de taimarse, ni de llorar, ni de arrepentirse, era el momento de resolver, encontrar solución y me obligué a hacerlo, callando a mi mente. Eso me encantó.

Nos juntamos en un kiosko frente a una escuela, con hambre le digo a la señora del kiosko “hola, que tiene de rico”- me dijo: “tengo empanadas de queso, pa usted 2 por $500, me quiero ir pa la casa ya, tengo frío”. Se las compré y al recibirlas estaban frías;  “¿no tiene microondas?” pregunté. –“mijo es un kiosko de donde quiere que le saque microondas” – “no se po, yo preguntaba” le dije mientras reía, recibía servilletas y pensaba en “por qué no debería haber un microondas en un kiosko”. En mi estado habitual, impensable comer una empanada de queso fría, de verdad no lo haría, pero en ese momento era como un trofeo, ¡una recompensa por una prueba superada! Así que me comí una, bien rica y no me cayó nada de mal. Comí con fe, como diría mi abuelita.

Me encontré con Aldo, era el dueño del hostal, cincuentón, buena onda, me recibió y caminamos hasta el hostal; resultó ser todo muy acogedor. El hostal estaba nuevo, bien cuidado, calientito, dejé mis cosas, era el único huésped, todo impecable. Salí a caminar para reflexionar sobre lo que me había pasado y la forma en que lo resolví. De pronto empezó a chispear y luego a llover. Me devolví al hostal. Llamé a mi casa y avisé que estaba todo ok, ya instalado a salvo. Me tiré en la cama saqué un libro, el notebook, mi ropa, me serví una copa de vino y planifiqué mis actividades del día siguiente, pues comprendí que hay parámetros para no planificar también, es decir, ningún extremo; nada de planificar al 100% y tampoco nada de dejar el 100% al azar. Descubrí que puedo ir a la aventura, sin embargo hay cosas que no se deben descuidar. Todo esto, mientras la lluvia afuera no paraba de caer.

Si te ha pasado algo similar, por favor házmelo saber!

Espero te haya gustado esta entrada. Un abrazo,

Pablo

Un comentario en “Las consecuencias de no planificar un viaje

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s